Lanzarote: el viaje de diciembre 2012

Cuando Guille y yo nos planteamos hacer un viaje en invierno, la prioridad era huir del frío: tomar el sol, bañarnos en el mar, volver a tomar el sol, estar en contacto con la naturaleza, comer pescado y marisco, en fin cargar pilas de cara al duro invierno suizo. Estuvimos mirando combinaciones de vuelos a las diferentes islas Canarias. Incluso miramos temperaturas medias de invierno y precios a otras islas y costas mediterráneas (Marruecos, Chipre, Grecia, etc..), y, me avergüenza decirlo, incluso un all-inclusive del Mar Rojo. Tal era nuestra ansia playera, que el “guirismo” nos cegó. No tengo nada en contra de Egipto, eso que quede claro, pero odio el concepto “todo incluido” y odio sobremanera los complejos hoteleros que crecen en medio del desierto, que tienen vigilancia y al que sólo acceden los turistas, como viene ocurriendo en Hurghada, por ejemplo. Por ello nos decidimos por Lanzarote.

Los gastos del viaje ascendieron a 1.410 euros para dos personas, incluyendo absolutamente todo. En realidad más caro, porque al venir de Suiza, y pasar las Navidades en Alicante, hay que sumarle más trayectos…

– Vuelo AirEuropa Madrid-Lanzarote i/v: 537.84  euros 2 personas

– Apartamento El Charco en la Pared en Orzola (3 noches): 120 euros

– Habitación doble con cocina en Hotel Corbeta en Playa Blanca (4 noches): 129 euros

– Alquiler coche (8 días) con AutoEurope y gasolina: 297 euros

– Entrada a la Cueva de los Verdes: 16 euros

– Entrada a los Jameos del Agua: 18 euros

– Entrada al parque del Timanfaya: 18 euros

– Entrada Playas del Papagayo: 6 euros (dos días)

– Comidas, tartas, cafés, bebidas, supermercado: 269 euros

Primer día: sábado 29 de diciembre: 67 km.

Volamos de Madrid a Arrecife y tras coger las maletas nos dirigimos a Goldcar a recoger el coche de alquiler. Nos lo dieron con el depósito lleno de gasolina, práctica habitual en las compañías de alquiler de bajo coste para conseguir más dinero. En una isla tan pequeña como Lanzarote con un consumo responsable no hubiera sido necesario el depósito lleno. Al entregárnoslo así, quisimos gastar cada gota de gasolina. Un pensamiento muy poco ecologista, pero propio de tacaños como nosotros.

Condujimos hasta Órzola y fuimos al apartamento que teníamos reservado. Era un estudio con salón cocina, aseo y dormitorio independiente. Necesitaba una reforma en algunos aspectos pero no estaba mal y tenía ese encanto de casa rural pero en un pueblo de lo más tranquilo. Órzola es un pueblo de pescadores de arquitectura típica: casitas blancas con las ventanas azules o verdes.

Hicimos la compra en el supermercado y fuimos a comer al restaurante Bahía de Orzola y el menú de pescado nos costó 23 € los dos. Estaba riquísimo. El potaje canario en especial. Como buenos guiris, comimos al sol. Era tarde para coger el ferry para ir a la Isla de la Graciosa y esta excursión la dejamos para el día siguiente. Hacía un poco de viento y no teníamos calor, pero queríamos probar a bañarnos y fuimos a las piscinas naturales en La Caleta del Mojón Blanco, que está a sólo 3 km de Órzola. No nos bañamos pero estuvimos haciendo fotos y tomando el sol y el viento hasta bien entrada la tarde.

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Luego cogimos el coche y nos dirijimos al Mirador del Río, que se encuentra sobre el Risco de Famara, y tiene unas impresionantes vistas de la Isla de La Graciosa y el resto de islas del Archipiélago Chinijo. A la lengua de mar que separa la isla de La graciosa de Lanzarote, se la llama río. La entrada al monumento de César Manrique costaba 5 euros. Así que decidimos ahorrárnosla y hacernos las fotos desde el exterior.

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Seguimos con el coche y nos dirigimos a Haria, en el valle de las mil palmeras, el más fértil de la isla. Es un pueblo enclavado entre coladas volcánicas en forma de malpaís (bloques de roca erosionada). El edificio de su ayuntamiento es de arquitectura colonial, con bellos balcones.

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Fuimos a cenar a casa, cansados por el madrugón que tuvimos que hacer ese día.

Segundo día: domingo 30 de diciembre: 85 km

Amaneció con sol, pero las nubes se acercaban muy deprisa y el viento era fuerte. Nos desaconsejaron ir a la isla de la Graciosa, porque ir para no poder bañarte y más con ese viento. Buscamos alternativas. Nos fuimos a la Cueva de los Verdes. La entrada costaba 8 euros por persona. Tuvimos una guía, que sin ser antipática, hizo bastante mal su trabajo. Digamos que le faltaba sangre. Debe ser deformación profesional, pero su inglés era muy malo, y le faltaba un poco de cortesía para con el grupo de extranjeros, y me chocó que ni siquiera se presentara con su nombre. Aún así, la Cueva de los Verdes vale la pena. Está en el mismo tubo volcánico que Los Jameos del Agua y se recorre un kilómetro de galerías en la cueva. Las rocas tienen diferentes colores. La acústica se aprovecha para hacer conciertos. Me recordó a una versión extendida de las Cuevas de Canelobre.

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Seguimos nuestra ruta con el coche y cogimos la carretera de Teseguite. Paramos muy cerca de Guatiza, donde había una vista de los volcanes y unas formaciones cársticas. Guille empezó con las primeras tomas para su “time lapse”.

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Llegamos hasta Teguise. Es uno de los pueblos más grandes y bonitos de la isla. Al ir en domingo, vimos el mercadillo. A mi me gustó, pero había demasiada gente. También es cierto, que la mayoría de los puestos estaban muy enfocados a turistas: con gorras, bolsos de copias de Longchamp o Louis Vuitton, aloe vera, etc. Pero también había muchos puestos de artesanía, con joyas hechas de materiales como pizarras, lava volcánica, piedras, cerámicas, plata, etc. Lo que me agradó especialmente fueron los puestos dedicados a comida típica y de verduras y frutas de agricultura tradicional. Debido a la aglomeración de gente, habilitan aparcamientos a las afueras de Teguise, y hay que pagar 1,80 euros.

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Nos zampamos los bocatas y luego nos tomamos unos helados y café en la cafetería la Tahona, con vistas a la plaza Santo Domingo, coronada de palmeras canarias. El pueblo tiene encanto, edificios antiguos y se respira un aire muy ibicenco (con ello quiero decir, de hippies, guiris, luz, casitas blancas y tranquilidad).

De nuevo cogimos el coche y nos fuimos a Famara. No recordaba la escena de “Los abrazos rotos” de Almodóvar, en la que el viento era un protagonista más. Pero lo fue. Decenas de surferos disfrutaban de las olas. Los Windsurfistas quemaban la adrenalina. Nosotros caminábamos por la arena de la playa, con esos colores que cambian segun la perspectiva del sol. Yo sentía frío y veía la belleza salvaje de Famara.  Los riscos parecían gigantes. Buscamos perpectivas para seguir capturando más fotografías para el time lapse.

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Regresamos a Orzola y fuimos a cenar al restaurante Los Gallegos: pagamos unos 40 euros por los dos, pero valió la pena. La parrillada de pescado y marisco fue espectacular. La calidad del servicio y de los productos fue sin duda la mejor del viaje. La luna estaba llena, y las nubes se desplazaban rápidamente por el cielo estrellado.

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